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La tradición de realizar alfombras para ciertas celebraciones religiosas tiene dos fuentes: prehispánica y española. Por los cronistas españoles del siglo XVI y los testimonios indígenas escritos, se sabe que los señores y sacerdotes eran honrados con alfombras de flores, pino y plumas de aves preciosas, como el quetzal. Esta tradición se encontraba presente en […]

La tradición de realizar alfombras para ciertas celebraciones religiosas tiene dos fuentes: prehispánica y española.

Por los cronistas españoles del siglo XVI y los testimonios indígenas escritos, se sabe que los señores y sacerdotes eran honrados con alfombras de flores, pino y plumas de aves preciosas, como el quetzal.

Esta tradición se encontraba presente en el sur de México, en particular entre los indígenas tlaxcaltecas que durante la Conquista española, en el siglo XVI, fueron traídos como personal militar de apoyo por los conquistadores iberos.

Una vez establecida la ciudad de Santiago de Guatemala en el valle de Almolonga, ahora San Miguel Escobar, a estos indígenas se les asignó un solar para vivir donde hoy se encuentra el pueblo de Ciudad Vieja, Sacatepéquez.

A esto se sumó la influencia española, particularmente de las Islas Canarias. En Tenerife y en la isla de la Gomera se elaboran alfombras desde hace centurias. Existen testimonios escritos hacia el siglo VII de la era cristiana, que indican que ya se elaboraban con tierras de colores, arena y flores.

Con este origen y con el desarrollo histórico propio de los guatemaltecos de la época colonial, en los siglos XVII y XVIII, las prácticas de elaborar alfombras se fusionaron y se convirtieron en una tradición guatemalteca.