En las noches en alta mar reinan la oscuridad y la niebla. Pero de repente se ve una luz a la distancia: ¡un faro marca el camino! Y los barcos llegan a la costa sanos y salvos. En la época en la que todavía no existían los radares, la comunicación por radio y mucho menos […]

En las noches en alta mar reinan la oscuridad y la niebla. Pero de repente se ve una luz a la distancia: ¡un faro marca el camino! Y los barcos llegan a la costa sanos y salvos.

En la época en la que todavía no existían los radares, la comunicación por radio y mucho menos la localización satelital GPS de hoy en día. Los veleros dependían de sus mapas, las estrellas y el sol. Y cuando todo lo demás fallaba, sus salvavidas eran los altos faros construidos sobre puntos destacados de la costa.

De día se les distinguía de lejos por su forma de torre solitaria. Y de noche, por su potente luz que giraba en las olas y las orillas. Cada faro tenía características especiales, conocidas por los navegantes, así sabían además dónde se encontraban.

Actualmente los faros ofrecen más que nada una magnífica vista turística sobre la costa para los visitantes que se toman el trabajo de subir sus escaleras.

Fuente y fotos: DPA

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