323701_921864

La noche del 19 de octubre de 1944 se iba a inaugurar en la zona 1 capitalina el club Casablanca. El lugar abrió justo enfrente de un concurrido destino de la vida nocturna, el Hotel Palace, en la esquina de la 4a. avenida y 12 calle.   A la gala fue invitada gente de alta […]

La noche del 19 de octubre de 1944 se iba a inaugurar en la zona 1 capitalina el club Casablanca. El lugar abrió justo enfrente de un concurrido destino de la vida nocturna, el Hotel Palace, en la esquina de la 4a. avenida y 12 calle.

 

A la gala fue invitada gente de alta sociedad, diplomáticos y periodistas, entre ellos Álvaro Contreras Vélez (1921-2005), uno de los fundadores de Prensa Libre. En esa época laboraba para el ahora desaparecido Nuestro Diario. Contreras Vélez no asistió debido a que uno de sus hijos tenía menos de un mes de haber nacido, su madre estaba hospitalizada, y siguió también la advertencia de un amigo, quien le recomendó evitar salir por las noches debido a que se estaba consolidando un levantamiento militar en contra del presidente Federico Ponce Vaides.

 

El consejo, en medio de la zozobra política de entonces, era un secreto a voces. Había más de un plan para remover a Ponce Vaides de la silla presidencial, a quien la población perfilaba como un aprendiz de dictador. Nadie sabía con certeza el nombre de los cabecillas, ni el día en que se daría el golpe, pero era un hecho que ocurriría.

 

Noche de farra

Mientras en el Centro Histórico había un ambiente de fiesta, en las afueras, en la Guardia de Honor, un grupo de oficiales de tanques y de artilleros se reunía. Uno de ellos tomó una guitarra e interpretó un tema que repetía la frase “…esta es la noche de farra”. Fue la contraseña que muchos esperaban. A las nueve, cuando la mayoría se retiró a sus cuadras, unos pocos se acostaron con la ropa puesta, esperando la siguiente indicación.

 

Debido a algunos sucesos recientes, se adelantaron los planes originales, trazados por el mayor Carlos Aldana Sandoval, instructor de la unidad de tanques en la Guardia de Honor. Aldana Sandoval había establecido contacto con otros sectores de la sociedad y contaba con su apoyo, entre ellos Jacobo Árbenz Guzmán y Jorge Toriello.

 

De esos hechos determinantes resalta que el equipo bélico que en 1942 Guatemala obtuvo de Estados Unidos, hasta entonces almacenado en la Guardia de Honor, estaba por ser distribuido entre los demás cuarteles: San José y Matamoros. Esa orden había sido girada al jefe de la Guardia de Honor, Francisco Corado, el 18 de octubre, por el ministro de la guerra, Daniel Corado, su hermano.

 

Dicho armamento consistía en una docena de tanques, cañones antitanques, morteros, carros exploradores artillados; ametralladoras calibre 50mm, antiaéreas y terrestres, ametralladoras calibre 30mm, carros de transporte de diversos tonelajes, jeeps y municiones.

 

La solicitud fue cumplida parcialmente, pues a un destino se envió parte del arsenal sin los insumos para su funcionamiento, y con el otro punto se operó a la inversa. El autor de la treta fue el mayor Francisco Javier Arana, jefe de la unidad de tanques, a quien Árbenz Guzmán,  relata en sus memorias María Vilanova de Árbenz, tuvo muy en cuenta por sugerencia de Aldana y aclara que, contrario a lo que algunos historiadores sostienen, nunca se reunieron en El Salvador para detallar un plan, ya que Arana se sumó a los operativos la noche del 19.

 

Francisco Corado tenía exasperados a sus subalternos debido a casos concretos de humillación, incluso a altos oficiales y a las condiciones precarias en las que mantenía a las compañías de voluntarios de los departamentos. La noche del 18 ordenó que a ese cuerpo de apoyo se le desarmara y fusilara la madrugada del 20.

 

La decisión colmó los ánimos de los destacados en la Guardia de Honor, en su mayoría jóvenes, y detonó el alzamiento. Se notificó a Sandoval que los planes se adelantarían y a las 11 de la noche del 19 comenzó la insurrección. El primer objetivo fue la captura de Francisco Corado, quien se rehusó a salir de sus aposentos y abrió fuego. Le respondieron de igual manera, con una ametralladora calibre 45mm;  murió en el lugar. Luego se capturó a otros oficiales.

 

¡Fuego!

El siguiente paso fue tomar los fuertes San José y Matamoros. De la Guardia de Honor salieron grupos a ambos destinos. Cada uno integrado por un escueto pelotón de unos 20 soldados, además de tres tanques, ametralladoras y algunas piezas de artillería pesada. Los tanques cubrieron los accesos para evitar la fuga de las tropas sitiadas.

 

Dos piezas de artillería de 105mm fueron situadas en el barrio La Palmita (actual zona 5) para atacar Matamoros, y desde el Cerrito del Carmen, otras dos bombardearon San José. El campo de aviación también fue neutralizado por un tanque.

 

En la sede del Gobierno advirtieron la magnitud del movimiento demasiado tarde. Del Palacio Nacional (hoy Palacio Nacional de la Cultura) se envió a un capitán de apellido Niederheitman para que indagara la razón por la cual en la Guardia de Honor nadie respondía las llamadas telefónicas de la Presidencia. Pero de Niederheitman no supieron si fue muerto o hecho prisionero, pues nunca volvió. Su ausencia descontroló a Ponce Vaidez, quien ordenó emplazar cañones antitanques y ametralladoras en las esquinas del Palacio.

 

Alrededor de la una y media de la mañana, del 20 de octubre, Arana ordenó que todas las unidades en posición de combate abrieran fuego. A esa hora él se encontraba en la 9a. calle y 6a avenida, liderando un tercer grupo que se dirigió al Palacio.

 

La ciudad despertó antes del alba en medio del retumbo de las armas. Ambos cuarteles respondieron con fuego. Hubo muchas bajas y, en el caso de San José, destrucción parcial del inmueble debido a que la artillería impactó en sus bodegas de municiones, incendiando el cuartel. Una columna de humo negro fue visible desde toda la urbe.

 

La niebla de la madrugada obligó a una pausa, pero a las seis de la mañana los ataques se reanudaron y comenzó a correr, igual que la pólvora, la noticia de que una revolución estaba en plena marcha. Cerca de las diez de la mañana los sitiados se comenzaron a rendir. Primero lo hizo Matamoros; media hora después, San José y, finalmente, como a las 11, una bandera blanca se izó en el Palacio.

 

Rendición

A Ponce se le exigió por teléfono la renuncia escrita desde la embajada de Estados Unidos. Tres personas hicieron la petición: Francisco Javier Arana, representando a los jóvenes oficiales de la Guardia de Honor, Jacobo Árbenz Guzmán y Jorge Toriello Garrido, en nombre de los sectores militares democráticos egresados de la Escuela Politécnica, así como los estudiantes, obreros y políticos coadyuvaron.

 

Para ello solicitaron la mediación del cuerpo diplomático. Después de casi tres horas de negociación acordaron los términos de rendición y el cese de hostilidades. Cerca de las tres de la tarde Arana, Árbenz y Toriello llegaron al Palacio Nacional, integrando una Junta Revolucionaria de Gobierno que transitoriamente tomaría el poder y convocaría a elecciones.

 

Con el triunfo fue reanudada la señal de la radio oficial TGW y comenzó a transmitir boletines indicando que las hostilidades habían cesado y que los oyentes comunicaran a los combatientes la noticia, pues desde que se tomaron los fuertes militares, muchos civiles se habían sumado a la lucha, tras ser armados en la Guardia de Honor. Varios de ellos se enfrentaron con la Policía Nacional, que permaneció fiel a Ponce Vaides.

 

Además de los protagonistas, el acta de capitulación fue firmada por los representantes diplomáticos de los siguientes países: Vaticano, Chile, México, Bélgica, Brasil, Colombia, Costa Rica, El Salvador, España, Inglaterra, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú, Cuba, Estados Unidos y Venezuela.

 

Fuente: artículo Trece horas decisivas de Revista D, de Prensa Libre, Guatemala. Escrito por José Luis Escobar.

 

Comentarios: